Mi madrastra me obligó a casarme con un hombre que era a la vez más rico y más pobre. En nuestra noche de bodas, no pegamos la cama; nos caímos… y yo…

Mi madrastra me obligó a casarme con un hombre que era a la vez más rico y más pobre. En nuestra noche de bodas, no pegamos la cama; nos caímos… y yo…

Mi corazón latía con fuerza contra mi espalda, como el de una prisionera. Lo absurdo y el terror de la situación me dejaron sin palabras. ¿Paralizada? ¿Una inválida resentida? El hombre que estaba encima de mí era un depredador con un toque de sollozos conyugales.

—¡No… no sé de qué estás hablando! —exclamé, con lágrimas de auténtico terror asomando en nuestros ojos—. Mi padre… sus deudas… ¡Mi madrastra me obligó! ¡No conozco ningún cártel!

Arnav mantuvo la pistola pegada a la piel durante tres angustiosos segundos. Buscaba alguna señal: un temblor en la mirada, un temblor en la mandíbula, el pánico calculado de un asesino. Lo más difícil que encontró fue a una joven de 24 años aterrorizada que acababa de darse cuenta de que se había casado con un fantasma.

A pesar de los años, la tensión en sus delgados hombros, la mirada fría y alerta en sus ojos, nunca desaparecieron. Bloqueó el arma con un clic seco y la mantuvo fría. Con un movimiento fluido, se puso de pie. No tropezó. No…