Mi madrastra me obligó a casarme con un hombre que era a la vez más rico y más pobre. En nuestra noche de bodas, no pegamos la cama; nos caímos… y yo…

Mi madrastra me obligó a casarme con un hombre que era a la vez más rico y más pobre. En nuestra noche de bodas, no pegamos la cama; nos caímos… y yo…

Noté que los músculos bajo su costosa camisa de seda eran duros como rocas, perfectamente definidos y presionando firmemente contra mi cuerpo. No había atrofia, ni debilidad, ni rastro de un hombre cuyas extremidades inferiores se hubieran debilitado durante cinco largos años. Pero antes de que el calor repentino e intenso pudiera afectarme, ya me estaba sujetando a la cintura un objeto metálico afilado, oculto en mi chaleco con tachuelas, justo contra la espalda.

Se trataba de una elegante pistola táctica con silenciador, sujeta por una funda que se llevaba dentro del hombro.

Por un instante, el mundo quedó en completo silencio. Se me cortó la respiración mientras miraba fijamente a Arnav Malhotra. El aroma opaco y etéreo que había desprendido durante nuestra lujosa boda en el rancho mexicano se había desvanecido por completo. En su lugar, dos miradas penetrantes y luces de color ámbar oscuro brillaban con una vigilancia intensa y calculada.