Cuando volví al vestíbulo, Antonio me entregó una carpeta con documentos.
“Está hecho”, dijo. “Firmé como testigo. Marisa envió el poder notarial digital. La transferencia de los bienes está concluida. Leonardo no puede tocar nada aunque se case con Julia.”
Suspiré sintiendo un peso salir de mis hombros, pero otro, mucho mayor, tomando su lugar. Había protegido el patrimonio, pero ¿y el corazón de mi hija?
“Regina.” Antonio sujetó mis manos. “Tienes que decírselo antes de la ceremonia.”
“Lo sé”, susurré. “Pero, ¿y si no me cree?”
“Si elige quedarse con él de todos modos, entonces lo hará sabiendo la verdad. Es adulta, necesita tomar sus propias decisiones.”
En ese momento vi a Leonardo entrando al vestíbulo con sus padrinos. Se reían, arreglándose las corbatas, completamente ajenos a mi presencia. La rabia regresó con toda su fuerza.
“Se lo voy a contar ahora”, decidí.
Cuando entré al cuarto, Julia estaba sola, ya vestida y lista. Parecía una princesa con su vestido blanco, el velo delicado enmarcando su rostro. Sonrió al verme, pero su sonrisa desapareció cuando vio mi expresión.
“Mamá, ¿qué pasa? ¿Sucedió algo?”
Me senté a su lado sosteniendo sus manos.