Se inclinó. Era alto, de más de un metro y tres metros de altura, y poseía una presencia física imponente que dominaba toda la habitación.
El paseo estuvo marcado por los pesados maleteros de los coches que se asomaban por una pequeña ventana en las cortinas de terciopelo de los oscuros y extensos patios de la finca mexicana.
—Levántate —ordenó en voz baja, sin mirar atrás—. Y alísate el vestido. Si olemos mal ese día, tenemos que parecer que vamos a una boda, no a un interrogatorio.
Me levanté con un esfuerzo tremendo, tan violento que apenas pude desatar los nudos de seda de mi sari de novia. Mi mente iba a mil por hora. Jaipur. México. Un accidente de coche. Cinco años de mentira.
“Tú… tú puedes caminar”, susurró suavemente. “La silla de ruedas… el espectáculo… Todo fue una mentira.”
Arnav se giró, apoyándose despreocupadamente en el alféizar de la ventana, cruzando el