No rogó.
Solo apretó la bolsa de terciopelo contra el pecho y dijo:
—Entiendo.
Mariana sonrió como si acabara de resolver un trámite.
—Gracias por no hacer una escena.
Carmen bajó por el camino de piedra. Cada paso le pesaba como si caminara descalza sobre vidrio. El chofer que la había llevado desde el hotel la miró por el espejo retrovisor, pero no preguntó nada.
Ella agradeció ese silencio.
Al llegar a su habitación, dejó la maleta sin abrir junto a la pared. Se sentó en la orilla de la cama con la bolsa en las piernas. No podía soltarla. Soltarla significaba aceptar que su hijo se había casado sin ella.
Esa noche no cenó.
Al día siguiente tampoco salió.
Durante 4 días usó la misma pijama, tomó café frío, ignoró llamadas y revisó en el celular las fotos de la boda. El hashtag aparecía por todas partes: #MarianaYDiegoParaSiempre.
Había fotos de la mamá de Mariana entrando del brazo de Diego.
Fotos del papá de Mariana brindando.
Fotos de los hermanos de Mariana riendo con él.