PARTE 1: La madre que dejaron afuera
—Aquí solo entra la familia de la novia. Usted nunca significó nada para Diego. Por favor, váyase.
Esas fueron las primeras palabras que Mariana Alvarado le dijo a Carmen Herrera el día de la boda de su propio hijo.
Carmen se quedó inmóvil frente al portón de la Hacienda Los Laureles, en las afueras de San Miguel de Allende. Llevaba un vestido gris perla, sencillo pero elegante, comprado especialmente para ese día. Había volado 14 horas desde Vancouver hasta Querétaro, con 2 escalas, una noche sin dormir y el corazón lleno de una esperanza que le daba vergüenza admitir.
En la mano llevaba una bolsa pequeña de terciopelo azul. Adentro había una caja de piel con unas mancuernillas de plata que habían pertenecido a su difunto esposo, Teodoro. En la parte de atrás, Carmen había mandado grabar el nombre de su hijo: Diego.
Pensó que, quizá, aunque la distancia entre ellos se había vuelto incómoda en los últimos años, el día de su boda abriría una puerta.
Pero la puerta estaba cerrada.
Mariana estaba frente a ella con un vestido de novia color marfil, el maquillaje perfecto y una sonrisa tan fría que parecía ensayada. Detrás, 2 damas de honor miraban al piso fingiendo que no escuchaban.
—Mariana —dijo Carmen, cuidando que no le temblara la voz—. Soy la mamá de Diego.