Parte 2 Heredé 35 millones de dólares de mi padre

Parte 2 Heredé 35 millones de dólares de mi padre

Elise Moreno.

Ella conocía ese nombre. No muy bien, pero lo suficiente.

Elise había sido contratada el año anterior para ayudar a NexaData a preparar la documentación de cumplimiento normativo antes de la ronda de financiación Serie A. Julian la había descrito como «brillante, rápida y tremendamente organizada». Valeria recordaba haberle estrechado la mano en la sala de conferencias con paredes de cristal, recordaba los tranquilos ojos grises de Elise y su sonrisa cautelosa.

Un asesor legal.

Valeria se sentó lentamente en la silla de su padre.

El cuero emitió un suspiro familiar bajo su peso.

Pensó en la carpeta que Julian había traído al hospital. En su peso sobre su regazo. En el dolor en sus huesos. En las luces demasiado brillantes del pasillo de la UCI. En la respiración superficial de su padre a través de una pared de cristal.

Firma aquí, cariño.

¿De verdad crees que alguna vez te haría daño?

La pregunta regresó ahora con una nueva y terrible forma.

Valeria dejó el teléfono boca abajo sobre el escritorio. Por un instante, se permitió cerrar los ojos.

Ella vio a Julian tal como era cuando lo conoció siete años antes, mucho antes de la empresa, mucho antes de que los inversores empezaran a llamar a medianoche y los periódicos empezaran a escribir pequeños artículos esperanzadores sobre “la próxima potencia de inteligencia de datos de Chicago”.

Por aquel entonces, él era simplemente Julian Cross, un estratega de producto inquieto, con zapatos baratos, ideas brillantes y la costumbre de esbozar conceptos de aplicaciones en servilletas. Valeria trabajaba en el departamento de operaciones de la empresa de su padre, intentando demostrar que era algo más que la única hija de Arthur Vance.

Se conocieron en un desayuno benéfico al que ninguno de los dos quería asistir.

Julian había derramado café sobre un mantel y susurró: “Creo que acabo de donar quinientos dólares para reparar los daños a la ropa de mesa”.

Se echó a reír antes de poder contenerse.

Así empezó todo: no con fuegos artificiales, sino con risas. Con largas conversaciones en restaurantes después de eventos de networking. Con Julian acompañándola hasta su coche bajo farolas rotas. Con su convicción de que el mundo podría ser más inteligente si alguien hiciera mejores preguntas a los datos.

A Valeria le encantaba eso de él.

O tal vez, pensó ahora, había amado a la persona que él le permitía ver.

Su teléfono sonó.

Marco.

Ella respondió sin saludar.

—¿Estás sola? —preguntó.