Llegó tarde al trabajo y, al entrar a la oficina de su jefe, encontró una fotografía que la dejó sin palabras.

Llegó tarde al trabajo y, al entrar a la oficina de su jefe, encontró una fotografía que la dejó sin palabras.

Mi nombre es Camila Herrera. Tengo 24 años y trabajo como analista de planificación en Grupo Valdés, una de las empresas más importantes de Buenos Aires.

Aquella mañana desperté sobresaltada por el sonido insistente del teléfono. Cuando vi la hora en la pantalla, sentí que el corazón se me caía al suelo.

Eran las 9:40.

Mi jornada comenzaba a las 8.

Había pasado toda la noche corrigiendo un proyecto importantísimo para la empresa. Durante semanas trabajé hasta el agotamiento porque sabía que esa propuesta podía cambiar mi vida. El responsable del proyecto recibiría un ascenso y quedaría al frente de un nuevo equipo estratégico.

Pero justo el día en que el director general visitaría nuestro departamento… me quedé dormida.

Salí corriendo de mi pequeño departamento sin siquiera peinarme bien. El tráfico estaba imposible y, mientras el taxi avanzaba lentamente entre bocinazos, yo solo podía pensar en una cosa:

“Hoy me despiden”.

La oficina donde todos sonreían… menos yo
El jefe que nunca me defendía
Cuando llegué a la empresa, el primero en recibirme fue Ernesto Salazar, jefe del departamento de planificación.

A su lado estaba Vanessa, su sobrina, quien llevaba meses apropiándose de muchas de mis ideas.