Yo trabajaba hasta la madrugada, preparaba informes completos, analizaba números y armaba estrategias. Después Vanessa hacía pequeños cambios, Ernesto colocaba su nombre en el archivo… y el reconocimiento terminaba siendo para ella.
Todos lo sabían.
Nadie decía nada.
—Qué puntualidad la tuya, Camila —dijo Ernesto con frialdad—. Justo hoy decides llegar casi dos horas tarde.
Vanessa sonrió con sarcasmo.
—Si yo fuera la directora, ya estarías despedida.
Intenté explicarme.
—Anoche terminé el proyecto hasta las cuatro de la mañana…
Pero Ernesto me interrumpió.
—El director general ya sabe de tu retraso. Te está esperando arriba. Ve y da explicaciones tú misma.
Sentí un escalofrío.
El director general, Alejandro Valdés, era conocido por su carácter severo. En la empresa se decía que no toleraba errores ni descuidos.
Entré al ascensor sintiendo las piernas débiles.
La fotografía que cambió mi vida
El rostro de mi madre en la pared
Cuando entré a la oficina del director, Alejandro estaba revisando documentos detrás de un enorme escritorio.
Su voz fue fría y directa.
—¿Sabes por qué estás aquí?
Bajé la cabeza.
—Sí. Llegué tarde y asumo las consecuencias.
Pero antes de que pudiera seguir hablando, algo detrás de él llamó mi atención.
En la pared había una fotografía antigua enmarcada.