Y en ese momento, el miedo se transformó repentinamente en otra cosa.
Era un eslizón. Un lagarto de verdad, vivo.
Luchaba por agarrarlo con sus patitas, pero no tenía fuerzas. La veía cansarse, su cola se movía desesperadamente. Algo dentro de mí se encogió: el miedo dio paso a la compasión.
Reuní valor, respiré hondo y con mucho cuidado la ayudé a liberarse. El corazón me latía con fuerza, pero las manos no me temblaban tanto como esperaba.
En cuanto salió, el lagarto se quedó paralizado por un segundo…
Luego desapareció en un instante, como si nunca hubiera estado allí.
Más tarde descubrí que los eslizones no son peligrosos para los humanos. No son venenosos, no son agresivos y solo muerden si se asustan mucho o si los atrapan bruscamente. Normalmente, simplemente intentan huir y esconderse.
Y por extraño que parezca, después de todo este horror, me sentí en calma.
Mi miedo había desaparecido.
Lo que quedaba era la sensación de haber hecho algo bien.