El inspector le arrancó el comal a una anciana de 89 años en pleno mercado por una multa de $18, ignorando sus lágrimas y su súplica desesperada de sobrevivir

El inspector le arrancó el comal a una anciana de 89 años en pleno mercado por una multa de , ignorando sus lágrimas y su súplica desesperada de sobrevivir

A los 89 años, doña Carmen fue humillada en pleno mercado cuando un inspector quiso apagarle el comal porque no podía pagar una multa de $18.

El sol apenas había terminado de pintar de naranja los techos oxidados del Mercado Central de San Salvador cuando ella llegó arrastrando sus sandalias gastadas. Llevaba un huacal con masa, una bolsa de plástico con carbón y una servilleta donde guardaba las monedas del día anterior. Tenía la espalda doblada como si la vida se le hubiera sentado encima hacía décadas, las manos deformadas por la artritis y los ojos velados por cataratas que apenas le dejaban distinguir las caras a 2 m de distancia.

Pero a las 5 de la mañana estaba ahí, como todos los días, acomodando su silla de plástico azul, limpiando el comal y calentando las primeras tortillas.

—Buenos días, doña Carmen —la saludó don Miguel, el vendedor de periódicos.

—Buenos días, hijo —respondió ella, aunque don Miguel ya tenía 82 años.

Para doña Carmen todos eran jóvenes. Ella había sobrevivido a la guerra, al hambre, a la viudez y al olvido. Había visto pasar presidentes, promesas, campañas, banderas y discursos. Lo único que nunca cambió fue su puesto diminuto de tortillas, en una esquina donde el humo se pegaba al techo como una nube triste.

Ese día, sin embargo, algo se rompió.

Un inspector municipal se detuvo frente a su comal con una carpeta en la mano. Venía acompañado de 2 agentes y hablaba con esa voz seca de quien nunca ha contado monedas para comer.

—Doña Carmen, tiene una multa pendiente por ocupar espacio público sin permiso actualizado.

Ella levantó la cabeza, confundida.

—¿Multa? Si yo llevo 40 años aquí, mijo.

—El sistema no perdona antigüedad. Son $18. Si no paga hoy, se le decomisa el comal.

La anciana creyó haber escuchado mal. Sus dedos temblaron sobre la masa.

—Hijo, yo no he vendido ni la primera tortilla.

—Entonces cierre.

Los otros vendedores se acercaron. Doña Rosa, que vendía flores marchitas en una canasta, apretó los labios. Don Carlos, el zapatero de 86 años, dejó su aguja sobre la mesa. Nadie se atrevía a enfrentar a los agentes, porque todos vivían igual: un permiso atrasado, una enfermedad, una mala venta, y podían perderlo todo.

—No me quite el comal —suplicó doña Carmen—. Si hoy no trabajo, hoy no como.

El inspector ni siquiera la miró.

—Señora, no haga drama.

Entonces tomó el comal por una orilla. Doña Carmen se aferró a él con las 2 manos, pero sus fuerzas no alcanzaban. El carbón cayó al suelo, una tortilla medio cruda se dobló sobre sí misma y la anciana perdió el equilibrio. No cayó porque don Miguel la sostuvo a tiempo.

—¡Déjenla! —gritó Marta, su hija, que acababa de llegar corriendo desde la maquila al escuchar el aviso de una vecina.

Marta tenía el uniforme arrugado, ojeras profundas y el cansancio de una madre que mantiene a 3 hijos con un salario que se evapora antes de llegar a casa. Abrazó a su madre como si estuvieran a punto de arrancársela.

—Mamá, vámonos.

—¿Y qué comemos, mija? —susurró doña Carmen.

Esa pregunta dejó a todos en silencio.

Doña Carmen no siempre había sido pobre. Había nacido en 1935 en un cantón de Chalatenango, donde su familia tenía tierra, gallinas, ganado y un corredor donde por las tardes se olía a café recién colado. Se casó a los 18 años con Roberto, un carpintero bueno, callado y trabajador. Tuvieron 5 hijos. La vida era dura, pero digna.

Luego llegó la guerra.

En 1981 se llevaron a su hijo mayor acusado de ayudar al FMLN. No era guerrillero. Era un muchacho campesino de 22 años que sabía sembrar maíz y tocar la guitarra. Nunca volvió. Tres años después, su segundo hijo sí tomó un fusil, porque el dolor a veces convierte a los hijos en sombras. Murió en un enfrentamiento. Roberto no resistió tanta pérdida y en 1987 un infarto lo dejó tendido junto a una mesa a medio lijar.

Doña Carmen vendió la tierra, el ganado, la casa y hasta las herramientas de Roberto. Llegó a San Salvador con 3 hijos menores y una sola idea: trabajar hasta que ellos sobrevivieran.

Pero los años también devoran a los hijos. Uno se fue a Estados Unidos en el 2000 y después de 2 años dejó de escribir. Otro murió de diabetes en 2015 porque no pudo comprar insulina. Solo quedó Marta, pobre como ella, cargando su propia familia.

—Perdóname, mamá —le decía Marta cada mes—. No me alcanza para ayudarte.

—No me pida perdón, mija. Yo todavía puedo.