Esa mañana, hombres, mujeres y niños fueron exhibidos en una plataforma de madera, tratados como ganado bajo la mirada de los compradores. El subastador, un hombre gordo con bigote curvado y voz aguda, anunciaba cada lote con la energía de un comerciante seguro de su mercancía.
Cuando llegó el turno de Benedita, cayó el silencio. No por admiración, sino por inquietud.
Medía unos 1,95 m, quizá más. Sus hombros eran anchos, sus manos inmensas, sus pies descalzos marcaban profundamente la madera de la plataforma. Su prenda de algodón en carne y hueso roto apenas cubría su cuerpo anguloso, marcado por el hambre, el trabajo forzado y las cicatrices.
Su pelo negro estaba rapado muy corto. Sus ojos oscuros no se posaron en nadie. Parecían estar mirando un horizonte invisible, como si ya estuviera en otro lugar.
El subastador anunció su nombre, su edad y su origen: Benedita, veintitrés años, de Recôncavo baiano. Fuerte como un buey, pero considerado imposible de controlar. Ya la habían enviado a cuatro propiedades. Se decía que ningún capataz había logrado domarlo.
Nadie la quería.
Los precios bajaron. Cinco reis, tres reis, dos reis, uno reis. Sigue sin nada.
Entonces una voz profunda se alzó al fondo de la plaza:
“Siete céntimos.”
Joaquim Lacerda, el hombre que experimenta otra
cosa. La voz pertenecía a Joaquim Lacerda, propietario de la quinta de Santo António, una finca cafetera media de 320 hectáreas, con unos ochenta trabajadores forzados.