Esa tarde, por primera vez en días, contestó una llamada de Diego.
—Mamá —dijo él, con una voz extrañamente tranquila—. Necesito que arregles algo.
Carmen cerró los ojos.
No dijo “¿cómo estás?”.
No dijo “perdón”.
No dijo “supe que viniste”.
Solo “necesito”.
—Dime —respondió ella.
—La administración de la hacienda me está cobrando 74,000 dólares pendientes. Mariana y yo hablamos, y creemos que, como mi mamá, es tu responsabilidad cubrirlo.
Carmen se quedó helada.
—¿Mi responsabilidad?