El tiempo pareció detenerse.
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Valeria conocía cada rasguño de aquellas placas. Antes de cada misión, Andrés se las quitaba y se las entregaba por unos segundos.
—Para que siempre recuerden dónde está mi hogar —bromeaba.
En una de ellas había una pequeña hendidura con forma de media luna, provocada durante un accidente de entrenamiento.
Valeria abandonó la conversación sin disculparse.
Cruzó el salón lentamente, seguida por 2 integrantes de seguridad. Los murmullos comenzaron cuando los invitados advirtieron que la poderosa empresaria caminaba directamente hacia aquel hombre desconocido.
Tomás levantó la mirada.
—Buenas noches, señora Santillán.
Ella no respondió. Extendió una mano temblorosa hacia las placas.
—¿Dónde consiguió esto?
Tomás bajó los ojos.
—No puedo hablar de ese asunto aquí.
El rostro de Valeria perdió el color.
—¿Sabe quién soy?
—Sí.
—Entonces sabe que esas placas pertenecían a mi esposo.
—Lo sé.
La respuesta provocó un murmullo general.
Uno de los guardias se colocó junto a Tomás.
—Señor, quítese el collar.
Tomás permaneció quieto.
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—No puedo entregarlo.
—¿Las robó? —preguntó alguien entre los invitados.
—Llamen a la policía —dijo otra voz.
Valeria sintió que 6 años de dolor se convertían en furia.
—Mi esposo murió usando esas placas. La Marina aseguró que jamás fueron recuperadas. Quiero saber por qué están en su cuello.
Tomás levantó ambas manos para demostrar que no pensaba resistirse.
El jefe de seguridad retiró el cordón y entregó las placas a Valeria.
En cuanto sus dedos tocaron el metal frío, sus rodillas estuvieron a punto de ceder.
Allí estaba la pequeña media luna.
No era una copia.
Eran las placas de Andrés.
Valeria las apretó contra su pecho.
—Si no las robó, dígame cómo llegaron a usted.
Tomás observó las cámaras, los teléfonos levantados y los cientos de rostros esperando su respuesta.
—Su esposo me las entregó durante los últimos minutos de la Operación Centella.
Valeria dejó de respirar.
—Eso es imposible.
—También me hizo prometer que protegería a una persona más importante que mi propia vida.
—¿A quién?
Tomás miró directamente a los ojos de Valeria.
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—A la hija que usted todavía no sabe que Andrés dejó con vida.
PARTE 2
Un grito ahogado recorrió el salón.
Valeria retrocedió como si Tomás la hubiera golpeado.
—Mi esposo y yo no tuvimos hijos.
—No me refería a una hija biológica.
Tomás señaló hacia la entrada. Una mujer de la fundación acababa de llegar acompañada por Camila, quien había viajado con una cuidadora para sorprender a su padre durante la entrega del premio.
La niña llevaba un vestido azul sencillo y sostenía una pequeña caja de madera.
Al ver tantos desconocidos, se acercó a Tomás.
—Papá, ¿hiciste algo malo?
—No, mi amor.
Valeria contempló a la niña.
Tomás respiró hondo.
—Andrés llamaba a Camila su hija del corazón. Fue su padrino y la persona que me sostuvo cuando mi esposa murió. Durante sus primeros 2 meses de vida, yo no sabía cómo cargarla, alimentarla ni dormir más de una hora. Andrés iba a mi casa después de cada guardia. Le cantaba, cambiaba pañales y me repetía que un hombre podía estar muerto de miedo y seguir siendo un buen padre.
Valeria recordó que, poco antes de la misión, Andrés viajaba con frecuencia a Veracruz. Él aseguraba que preparaba a una unidad especial.
Nunca le contó lo de Camila.
—¿Por qué lo ocultó?