Me contó que, a los cuarenta, se casó con Octavio Beltrán, un empresario agroindustrial con dinero, influencia y una reputación intachable en apariencia, pero corrupto por dentro. Dueño de tierras, contratos, favores políticos y hombres armados. Una jaula de lujo, así describió su matrimonio.
Cuando ella quiso irse, él no la dejó.
Cuando quedó embarazada, comprendió que el niño no sería un hijo para Octavio, sino un heredero al que podría controlar como si fuera una propiedad más.
—Sabía que si intentaba huir contigo en mis brazos, él nos encontraría —dijo, ahora llorando—. Y si te encontraba, te haría suyo.
La palabra me golpeó antes de que pudiera evitarlo.
Contigo.
Sentí un zumbido en los oídos.
-No.
—Yes, Efraín.
-No.
—Tú eres ese hijo.
Todo dentro de mí se hizo añicos.
Me reí, pero no de risa: me reí de horror.
—Estás enfermo.
—Al principio no te reconocí —soltó de repente, como intentando pillarme desprevenida antes de que explotara—. Cuando te conocí en casa, solo vi a un joven bueno, inteligente y noble… y me acerqué a él. Entonces empecé a fijarme en las fechas, las historias, los gestos. Hice que alguien investigara. Hace ocho meses, descubrí la verdad.
La miré como se mira a alguien que acaba de prenderle fuego a tu vida.
—¿Hace ocho meses? ¿Y todavía te casaste conmigo?
Celia bajó la cabeza.