—Estoy bien —dijo, aunque su voz sonaba más débil de lo que quería—. Solo que… tuve un pequeño problema para entrar.
Dean Bradley dirigió una mirada hacia las enormes puertas de bronce. Una fila de invitados que llegaban tarde se apresuraba a pasar bajo la entrada cubierta, sacudiendo paraguas y sacudiéndose la lluvia de los abrigos. Más allá de esas puertas, la música ya comenzaba a sonar con fuerza, rica y solemne.
Frunció el ceño, pero no la presionó.
“Entonces, entremos”, dijo. “Todo el programa te está esperando”.
Todo el programa.
Clara casi se echó a reír. No porque fuera gracioso, sino porque su vida acababa de dividirse en dos realidades separadas.
En una de ellas, ella era una carga que su familia había dejado afuera.
En el otro caso, ella era la razón por la que cientos de personas se habían reunido luciendo sus mejores galas.
El decano Bradley la condujo por una entrada lateral reservada para profesores y miembros de la junta directiva. El calor del edificio la envolvió de inmediato, impregnado del aroma a madera pulida, flores frescas y lana mojada por la lluvia. Una empleada jadeó al ver la ropa empapada de Clara y se apresuró a acercarse.
“Doctor Hensley, gracias a Dios. Hemos estado buscando por todas partes.”
—Lo siento —dijo Clara automáticamente.
Dean Bradley se giró bruscamente.
“No tienes nada de qué disculparte.”
La empleada, una mujer de rostro amable llamada Marisol, de la oficina del decano, envolvió a Clara con una toalla suave sobre sus hombros y la condujo por un pasillo tranquilo.
—Tenemos tu toga en la sala de preparación —dijo Marisol—. Tu atuendo ceremonial, tus tarjetas de discurso, todo. También traje una copia de seguridad de tu discurso, por si acaso.
Clara parpadeó.
“¿Trajiste una copia de seguridad?”
Marisol sonrió como si eso fuera obvio.
“Eres la mejor alumna de la promoción. Por supuesto que sí.”
Las palabras calaron hondo en el pecho de Clara con una calidez que le hizo cerrar la garganta.
Llegaron a una pequeña habitación detrás del auditorio. Dentro, su toga doctoral negra colgaba cuidadosamente de un gancho de latón. Los paneles de terciopelo brillaban con un intenso color azul bajo la luz del techo. Junto a ella estaban su capucha, los cordones de honor y un pequeño estuche de terciopelo que contenía la medalla de investigación que recibiría esa misma mañana.
En la esquina había un espejo.
Clara evitó mirarlo.
Temía que, si se veía con claridad, la frágil compostura que había logrado reunir se derrumbaría.
Marisol le entregó una funda para ropa.
“Aquí tenemos un vestido seco. Recordé tu talla de la prueba de vestuario del banquete de honor.”
Clara la miró fijamente.