Durante los años del gobierno de Miguel Alemán Valdés, el descontento social había crecido. La corrupción, el fortalecimiento de grandes intereses económicos y el abandono de las demandas populares alimentaron una oposición cada vez más organizada. En ese contexto surgió la Federación de Partidos del Pueblo Mexicano (FPPM), encabezada por Henríquez Guzmán, que logró reunir a miles de simpatizantes bajo la promesa de rescatar la justicia social, combatir la corrupción y dignificar la vida política nacional.
La campaña presidencial de 1951 y 1952 fue intensa y conflictiva. Mientras el henriquismo ganaba apoyo en diversas regiones del país, sus seguidores denunciaban actos de intimidación, violencia y persecución. Aun así, el movimiento logró consolidarse como la oposición más fuerte que había enfrentado el régimen posrevolucionario.
El 6 de julio de 1952, día de las elecciones, la tensión se hizo evidente desde las primeras horas. Las denuncias de irregularidades y fraude comenzaron a multiplicarse en distintas entidades. Sin que existieran resultados oficiales definitivos, varios periódicos anunciaron como vencedor al candidato oficialista Adolfo Ruiz Cortines, lo que provocó indignación entre los sectores henriquistas, convencidos de que la voluntad popular estaba siendo ignorada.
Al día siguiente, 7 de julio de 1952, miles de simpatizantes de la FPPM se concentraron en la Alameda Central de la Ciudad de México para asistir a lo que habían denominado la “Fiesta de la Victoria”. Conforme avanzaban por las calles, los manifestantes lanzaban consignas y denunciaban el presunto fraude electoral. El ambiente era tenso, pero la multitud mantenía la esperanza de hacer escuchar su reclamo.
De pronto, los acontecimientos tomaron un rumbo trágico. Según distintos testimonios, un individuo infiltrado disparó desde un balcón contra el jefe de granaderos, el teniente Uribe, hiriéndolo. El disparo fue la señal que desató la represión. Sin realizar investigación alguna y con una rapidez que sugería una acción previamente preparada, granaderos, policías y elementos del Ejército comenzaron a atacar a la concentración.
Las calles del centro de la capital se transformaron en un escenario de caos. Se escucharon ráfagas de disparos, mientras centenares de granadas de gas lacrimógeno cubrían la Alameda. Los manifestantes intentaban huir en distintas direcciones, pero eran perseguidos por policías montados que golpeaban con sables y culatas de fusil. Muchos cayeron heridos; otros murieron asfixiados en medio de la confusión.