Durante el día, los médicos iban y venían. Hablaban secamente, apresuradamente. Y ella… ella seguía siendo humana.
Un día le pregunté:
“¿Por qué vienes a mí? Tienes tantos pacientes…”
Permaneció en silencio un instante. Luego sonrió, esta vez con un poco más de tristeza.
— Porque a veces la gente no necesita tratamiento… solo necesita a alguien a su lado.
Al décimo día nos dieron el alta.
Por fin vi a mi hijo. Pequeño, cálido, vivo. Lloré mientras lo abrazaba con fuerza.
La buscaba con la mirada, a mi hermana. Quería darle las gracias. Decirle algo.
Pero ella ya se había ido.
“¿Y dónde está esa hermana…?”, le pregunté a otra persona.
Ella frunció el ceño:
– ¿Cuál?
Lo describí.
La mujer se encogió de hombros.
“No recuerdo ninguno.”
Decidí que simplemente no recordaba el nombre.
Han pasado dos años.
La vida poco a poco se fue normalizando. Mi hijo crecía, daba sus primeros pasos, decía sus primeras palabras. A veces, mientras lo acostaba a dormir, me acordaba de aquella mujer.
Por su sonrisa.
Por su voz.
Y sobre cómo me tomaste de la mano en las noches más aterradoras.
Y entonces, una noche, encendí la televisión.
La mostraron en las noticias.
La reconocí inmediatamente.
Pero las palabras que siguieron me dejaron helado…
Un exempleado de un centro médico ha sido acusado de una serie de infracciones…
La voz del presentador sonaba monótona, casi sin emoción.
Y todo se derrumbó dentro de mí.
Me quedé mirando la pantalla, sin pestañear. La misma sonrisa dulce. Los mismos ojos que una vez me reconfortaron en el silencio nocturno de la sala de maternidad. Solo que ahora salía en las noticias, y junto a su rostro había palabras que no quería leer.
bayas cerebrales
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“Esta mujer…”, el presentador hizo una pausa, “…es sospechosa de falsificar documentos y de tener acceso no autorizado a pacientes.”
Un escalofrío me recorrió la espalda.
No. Esto es un error.
Apagué el sonido, pero no aparté la vista de la pantalla. La cámara mostraba el hospital. Los pasillos. Las puertas. Y su rostro de nuevo.
En la habitación de al lado, mi hijo reía jugando con bloques. Ese sonido era lo único que me mantenía con los pies en la tierra.
Me senté en el suelo.
Me vinieron a la mente las noches: sus pasos en la oscuridad, su voz tranquila, su mano sobre la mía.
“Es un niño fuerte…”