Un día, después de la escuela, Nora la llamó “mamá” con naturalidad.
Audrey tuvo que detener el coche porque estaba llorando demasiado para conducir.
El día en que la adopción se hizo oficial, Nora le dijo al juez: “Me quedo”.
Y Audrey sabía que esa era la familia que estaba destinada a formar.
Zayn, Maya y el escándalo de Robinson acabaron convirtiéndose en viejos chismes. Sus decisiones siguieron persiguiéndolos, pero la vida de Audrey ya no formaba parte de su historia.
Por la noche, luciendo un anillo estrellado en su mano, Audrey miró al cielo y sonrió.
Había perdido su matrimonio, pero se había encontrado a sí misma.
Le habían dicho que estaba incompleta, pero construyó toda una vida.
Y por fin, la palabra “aniversario” ya no tenía sabor a tristeza.
Sabía a supervivencia.
Como si se eligiera a sí misma.
Como una estrella que se negaba a apagarse.