PARTE 1:
En el funeral, me enteré después de que mi marido, **Michael Carter**, no mostraba ni rastro de dolor.
—Ambos murieron congelados —dijo secamente—. Esa inútil mujer finalmente recibió su merecido.
Esas palabras siguen resonando en mi mente como una maldición.
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Tan solo unas horas antes, le había estado rogando que dejara de discutir y me llevara a casa. Estábamos al borde de un acantilado helado en el Parque Nacional de las Montañas Rocosas, Colorado, rodeados de un silencio blanco infinito. Entonces, sin previo aviso, me empujó con fuerza.
Caí en la nada.
Recuerdo haber gritado mientras el viento helado ahogaba cualquier sonido, buscando consuelo en algo que no estaba allí. Desde lo alto, Michael me miraba con una expresión que jamás olvidaré: una sonrisa serena que aún me persigue.
—No te preocupes —dijo con naturalidad—. Ni tú ni el bebé sufrirán mucho.
Entonces todo se volvió blanco.
Choqué contra una estrecha cornisa a mitad del acantilado. Un dolor insoportable recorrió mi cuerpo: costillas rotas, muñeca torcida, sangre que se extendía por la nieve bajo mis pies.
Instintivamente, rodeé con mis brazos mi vientre hinchado.
—Por favor, quédate conmigo —susurré una y otra vez—. Por favor, no me dejes.
La tormenta arreciaba, la nieve me sepultaba lentamente mientras cada respiración me quemaba más fría que la anterior. Ya no pensaba en mí misma.
Yo luchaba por mi hijo.
Entonces oí voces por encima del viento.
Michael no se había ido.
Él seguía allí, con **Ashley**, su supuesta asistente ejecutiva.
—¿Está muerta? —preguntó Ashley con impaciencia.
Michael dejó escapar una risita.
“Por cincuenta millones de dólares… más le vale serlo.”
Fue entonces cuando comprendí la verdad. Esto no fue un accidente. No fue rabia.
Estaba planeado.
La excursión. La montaña aislada. La enorme póliza de seguro de vida. Incluso mi embarazo se había tenido en cuenta, porque la indemnización sería mayor si fallecíamos tanto yo como el bebé.
Ashley se estremeció. “Volvamos. Me estoy congelando.”
Y así, sin más, se marcharon, dejándome destrozado en la cornisa como si ya no existiera.
Durante casi dos horas, permanecí allí tendido entre la vida y la muerte.
El frío se me metía cada vez más en el cuerpo con cada minuto que pasaba. La oscuridad me abrumaba, tentándome a rendirme. Pero cada vez que empezaba a flaquear, sentía un leve movimiento bajo mis manos.
Mi bebé seguía vivo.
Ese pequeño recordatorio me ayudó a seguir respirando.