Decenas de campesinos circulaban por la plataforma de madera, donde hombres, mujeres y niños se apiñaban como ganado. El subastador, un hombre corpulento con bigote torcido y voz estridente, anunciaba cada lote con el entusiasmo de un vendedor de caballos pura sangre. Cuando le tocaba el turno, se hacía un silencio inmediato, no de admiración, sino de inquietud.
La mujer medía 1,95 metros, quizás más. Tenía los hombros anchos como los de un hombre, las manos enormes y los pies descalzos dejando profundas marcas en el muelle de madera. Su vestido desgarrado de algodón crudo apenas cubría su cuerpo anguloso, marcado por el hambre y el trabajo forzado. Llevaba el pelo negro rapado.