Ese día, Gabriel regresó solo a casa. Se quedó en esa habitación y se dio cuenta de algo que ya no podía ignorar: confiaba en ese hombre. Lo amaba. Lo llamaba abuelo.
Ahora solo quedaba la ira.
Ni miedo. Ni confusión.
Solo ira.
Antes de irse, salió al patio por última vez. El cobertizo seguía cerrado con llave. Miró la tierra removida e imaginó a Melissa, de quince años, viva, soñando con algo mejor, sin saber que el peligro acechaba en su propia casa.
«Te encontramos», susurró.
Demasiado tarde. Pero era cierto.
Con el tiempo, la situación cambió.
Lucía empezó a sacar fotos antiguas de nuevo. Marco contaba historias. Y poco a poco, algo pequeño regresó: Lucía volvió a bordar margaritas, como antes.
Gabriel se dio cuenta de que esto también era una especie de justicia.
No de los tribunales ni de los titulares, sino de la memoria.
Melissa ya no era «la niña desaparecida».
Se la recordó como se merecía:
como hija,
como hermana,
una verdad que ya no podía ocultarse.