La mujer que ha dejado de desear, que ha dejado de soñar, empieza a parecer mayor. La verdadera juventud reside en el deseo, incluso por las cosas más pequeñas: un libro nuevo, una receta desconocida, una entrada para un concierto con canciones que no conozco.
Bernard Shaw dijo:
“No dejamos de jugar porque envejecemos, envejecemos porque dejamos de jugar.”
Y, en efecto, las mujeres que dejan de “jugar” parecen desvanecerse desde dentro. La chispa que da vida a los días se extingue.
2. La apariencia cambia, pero no es vejez.
Hoy en día, el mundo es implacable con las arrugas. Parece que el rostro es el pasaporte del alma. Pero el envejecimiento no empieza en el espejo, sino en los ojos. Cuando la mirada se apaga, cuando la luz en los ojos se extingue, el cuerpo puede seguir siendo joven, pero el alma ya está cansada.
Incluso la mujer más impecable, con una piel perfecta, no luce joven si se siente vacía e indiferente por dentro. En cambio, aquella cuya mirada brilla, cuyos labios están surcados por pequeñas arrugas de sonrisa, que lleva en el rostro huellas de risas y lágrimas, siempre luce joven. Estas arrugas son el mapa de una vida vivida. Y en ello reside su poder.
Faina Ranevskaya dice:
“La vejez es cuando las velas del pastel valen más que el pastel mismo.”
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Pero la vejez no se trata de arrugas y velas. Llega cuando uno deja de sentir, de cuidarse, de vivir con pasión. Una mujer envejece cuando deja de sentirse viva por dentro.
3. Cuando no tienes ganas de amar ni de ser amado
Una de las señales más dolorosas del envejecimiento interior es la indiferencia hacia el amor. No solo hacia el amor romántico, sino hacia la capacidad misma de amar: al mundo, a las personas, a la vida.
Cuando una mujer dice: “No necesito nada, estoy bien así”, a menudo detrás de esas palabras se esconden cansancio, tristeza, soledad, dolor por palabras no dichas y sentimientos no vividos. Dolor por haber dejado de creer que puede volver a ser interesante, importante y valiosa.
Remarque escribió:
“Lo más aterrador no es la muerte. Lo más aterrador es no ser amado. Y da aún más miedo cuando uno mismo no ama.”
Cuando desaparece el deseo de amar y ser amado, también desaparece el gusto por la vida. Una mujer puede lucir impecable y sonriente, pero su corazón está encerrado tras una pared de cristal.
El marchitamiento interior comienza donde el amor deja de palpitar: hacia uno mismo, hacia los demás, hacia el mundo.
4. Cuando pierdes el interés por la vida.
Es interesante observar: una mujer joven puede parecer mayor, y una señora de sesenta años puede brillar como un amanecer. La edad interior no tiene calendario; se rige por los intereses.
Una mujer se mantiene joven mientras busca lo nuevo, mientras se hace preguntas, mientras se maravilla con el mundo. La pérdida de interés convierte la vida en una rutina pesada. Incluso una joven de veinte años puede parecer “vieja” si ha cerrado su alma al cansancio y la indiferencia.
Remarque dijo:
“Una persona es joven mientras se esfuerce por algo. No importa qué sea: amor, dinero o un sueño. Lo que importa es que arda el fuego interior.”
Mientras haya un “por qué” —hijos, una afición, un sueño, un viaje, un trabajo— una mujer se mantiene joven. La pérdida de sentido mata más rápido que las arrugas y las canas.
La conclusión principal es que una mujer no puede “envejecer” como tal.
Erich Maria Remarque dijo:
“Una mujer no está sujeta al envejecimiento porque no es un objeto interior.”
Es un recordatorio de que una mujer no es una antigüedad, ni un jarrón de porcelana que se pueda juzgar por sus grietas. Está viva, en constante cambio, como un río: tranquilo hoy, tempestuoso mañana.
Incluso cuando parece que “todo se ha ido”, siempre hay una chispa en nuestro interior. Solo necesitas creer y permitirte vivir de nuevo. La vejez no son arrugas, sino olvidar el nombre de tus propios deseos.
A veces ves en el autobús a una mujer de sesenta años, radiante como si acabara de regresar de un largo viaje. Y a su lado, una joven con la mirada perdida, como si la vida se hubiera acabado. Esta es la verdadera paradoja de la vejez.
Envejecer no es cuestión de años. Es cuestión de si una mujer tiene un mañana. Mientras tenga fe, interés y el deseo de amar y ser amada, es joven.
Y ahí reside la sencilla pero profunda verdad: la juventud es un estado del corazón, no del pasaporte.