—No los deje aquí, señora —susurró—. Aunque no eran para un bebé, los hicieron con amor.
Larisa lloró en silencio.
La subieron a una camilla. Mientras la llevaban por el pasillo, escuchó a sus hijos discutir.
—Esto se salió de control —dijo Arturo.
—No deberíamos traerla a este doctor —murmuró Mónica.
—Y si ya no firma? —preguntó Julián.
Larisa abrió los ojos.
¿Firma?
En el hospital, una trabajadora social llamada Adriana entró a verla antes de la cirugía. Tenía lentes, voz firme y una carpeta azul.
—Doña Larisa, necesito hacerle unas preguntas. ¿Sabes dónde está?
—En el hospital.
—¿Sabe por qué?
—Porque no tengo un bebé. Tengo algo malo creciendo hacia adentro.
Adriana se acercó con tristeza.
—¿Ha firmado documentos recientemente?
Larisa sintió un frío distinto al del sueño.
Recordó a Mónica dos semanas antes, entrando a su casa con atole de guayaba y pan dulce.
—Mamá, son papeles del gobierno para adultos mayores. Hay que dejar todo en orden por si nace el bebé.
Larisa había firmado 3 hojas.
No las leyó bien.
Mónica le había acariciado el cabello mientras decía:
—Tú confía en mí.
Ahora esa caricia le quemaba en la memoria.
—Mi hija me trajo unos papeles —dijo Larisa.
Adriana apretó la pluma.
—¿Tiene casa propia?
Larisa miró hacia la puerta.
La casa de Iztapalapa. La que Ramiro y ella pagaron durante 30 años. La de paredes cuarteadas, patio pequeño, macetas de albahaca y bugambilias. La misma casa que una constructora quería comprar porque toda la zona estaba cambiando.
Sus hijos no tenían vergüenza de su barriga.
Tenían prisa.
Si lograban declararla incapaz, podría quedarse con la casa.
Antes de entrar a quirófano, Mónica intentó besarla en el frente.
Larisa apartó la cara.
—¿Qué me hiciste firmar?
Mónica sonrió sin alegría.
—Mamá, no empieces.
—¿Qué me hiciste firmar?
Arturo miró al piso.
Julián metió las manos en los bolsillos.
—Solo eran papeles para ayudarte —dijo Mónica.
—Mentira.
La sonrisa de su hija se endureció.