Durante mucho tiempo no pude encontrar el valor para decirlo en voz alta.
Porque, ¿cómo se le dice algo así a alguien con quien has vivido durante quince años?
“Cariño… hueles fatal.”
No es “hay un olor”.
No es “ha aparecido algún tipo de aroma”.
Es directamente: apesta.
Tan fuerte que me daban ganas de abrir las ventanas incluso en pleno invierno. Tan intrusivo que el gato empezó a rondarlo con recelo. Tan irreal que a veces me preguntaba si lo estaba imaginando.
Pero no.
Era demasiado real.