Mi marido empezó a oler muy mal…

Mi marido empezó a oler muy mal…

Al principio lo atribuí al cansancio. Luego, a la edad. Después, a esos zapatos suyos que se negaba obstinadamente a tirar. Lavaba las sábanas todos los días. Cambiaba las toallas. Compré geles de ducha nuevos, desodorantes e incluso unos extraños aerosoles de hierbas con la etiqueta “Frescura Alpina”.

Nada ayudaba.

El olor era… extraño.
Denso.
Ligeramente dulce y desagradablemente rancio.
Y lo más aterrador: parecía provenir del interior.

—¿No crees que el baño es de alguna manera…? —empecé con cuidado—.
Eres demasiado sensible —me respondió—. Las mujeres se sugieren cosas a sí mismas.

Dejé de abrazarlo por las tardes.
Dejé de acurrucarme junto a él por las noches.
Y él se ofendía, se quedaba en silencio, suspiraba y se giraba ostensiblemente hacia la pared.

Y entonces hice lo que siempre hago cuando siento que la familia empieza a resquebrajarse: tomé cartas en el asunto.

—Te he concertado una cita con un urólogo —dije con calma durante la cena, como si estuviera hablando del tiempo que hacía fuera.
Se atragantó con su albóndiga.
—¿A quién?
—A un médico. Tú mismo mencionaste que sentías… molestias.