Cada pequeño descubrimiento se sentía como un tesoro secreto destinado solo para nosotros.
En aquel momento no lo sabíamos, pero cada nido que descubríamos iba moldeando silenciosamente las personas en las que nos convertiríamos. Sin juguetes caros ni distracciones constantes, convertimos el mundo en nuestro patio de juegos. Crecimos en un lugar donde las novedades se quedaban tras los escaparates, donde los videojuegos pertenecían a otros y donde la imaginación era nuestro bien más preciado.

Tras la lluvia, la tierra, los árboles y los rincones fangosos se convirtieron en nuestro universo entero.
Los nidos de gusanos trompeta eran nuestra prueba de que la magia existía, si uno estaba dispuesto a mirar con atención. No solo buscábamos gusanos; buscábamos maravillas. Celebrábamos los descubrimientos de los demás, aprendimos a compartir la alegría en lugar de competir y descubrimos cómo la curiosidad podía convertir una tarde cualquiera en algo inolvidable.
Esos momentos de tranquilidad forjaron en nosotros la resiliencia y la gratitud. Y ahora, cuando la adultez se hace pesada, recordamos la piel bronceada por el sol, las manos manchadas de tierra y las risas lo suficientemente fuertes como para acallar cualquier preocupación. Esos tesoros de la infancia siguen transmitiendo el mismo mensaje: la belleza se esconde en los lugares más pequeños y la fuerza nace de las alegrías más sencillas.