—Suspendan la sentencia hasta nuevo aviso —declaró con tono inflexible. El guardia de mayor rango abrió los ojos con evidente incredulidad. —Eso requiere autorización superior —balbuceó, sorprendido por la audacia del coronel.
—Entonces, que así sea —respondió Méndez—. Asumiré toda la responsabilidad ante mis compañeros. Fue un momento decisivo para él, la elección entre la norma y la justicia. Durante treinta años, había seguido el procedimiento sin cuestionarlo jamás.
Hoy, prefirió escuchar una voz interior en lugar de todo un sistema. Ramiro cayó de rodillas, aún esposado, abrumado por la emoción. Todavía no pedía su libertad; simplemente pedía un poco de tiempo.
Y el tiempo, por primera vez en cinco años, finalmente pareció posible. Salomé lo abrazó de nuevo, pero esta vez sin susurrar. Ya no era necesario; la verdad comenzaba a impregnar la oscuridad de la habitación.
Méndez sabía que, si se equivocaba, sería el coronel que retrasaba la justicia. Pero si tenía razón, habría evitado que un hombre inocente muriera en el olvido. No había una respuesta perfecta, solo una difícil disyuntiva moral.
Miró a la niña una vez más antes de salir de la habitación. «Si lo que dices es cierto», dijo con gravedad, «todo cambiará hoy». Salomé no sonrió, no celebró, manteniendo su inquietante serenidad.
—Ya ha cambiado —respondió ella, como si el resultado ya estuviera decidido. La orden de suspensión llegó oficialmente apenas quince minutos antes del mediodía. No fue ni un anuncio solemne ni un acto público de valentía.