Un trabajo que necesitaba desesperadamente.
Había imaginado llegar con mi vieja maleta, encontrar un hotel barato y practicar las respuestas de la entrevista hasta quedarme dormida.
Ahora estaba sentada frente a un hombre que quizá fuera mi pariente.
Una mujer desaparecida podía ser mi madre.
Y uno de los hombres más poderosos de Estados Unidos quizá ya supiera que yo existía.
Alexander cerró el maletín y lo bloqueó.
—Cuando aterricemos, quédate cerca de mí.
Lo miré fijamente.
—No te conozco.
—No —respondió—. Pero quien haya colocado este maletín junto a ti sabía lo suficiente sobre los dos como para organizar este encuentro.
-¿Organizar?
—Dijiste que creías que el maletín era tuyo.
—Sí.
—¿Dónde estaba tu verdadero equipaje?
—A mi lado, en la puerta de embarque.
—¿Y cuándo notaste este?
Intenté recordar.
—Hubo un retraso. Estaba agotada. Miré hacia abajo y pensé que era el mío.
Alexander se recostó.
—Alguien cambió las maletas.
Sentí un escalofrío en la piel.
La idea era peor de lo que quería admitir.
Alguien había estado lo bastante cerca para tocar mis pertenencias.
Alguien me había observado.
Alguien me había elegido deliberadamente.
—¿Quién? —susurré.