—Has vuelto —dijo.
“Dije que lo estaría.”
La lluvia golpeaba las ventanas. La cocina amarilla resplandecía. Mis hijos me hicieron entrar.
Y finalmente comprendí que los finales felices no siempre llegan con fuegos artificiales.
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A veces son simplemente esto:
Sin miedo.
Sin esperas.
No faltaba nadie en la mesa que debía quedarse.
Solo nosotros.
Entero.
Gratis.
Hogar.