No mi corazón.
Mi ilusión.
A la mañana siguiente, llevé a Daniel al aeropuerto.
Lloré.
Lo abracé.
Lo vi alejarse.
Luego, una vez que desapareció tras pasar el control de seguridad, me fui a casa.
Y me puse a trabajar.
Inicié sesión en nuestra cuenta conjunta.
Años antes, mi asesor financiero me había convencido de mantener una cuenta separada a mi nombre.
Por si acaso.
Esa decisión me salvó.
En cuestión de minutos, transferí cada dólar.
El saldo se redujo a cero.
Entonces llamé a mi abogado.
—Solicita el divorcio —dije.
“Y envíen la documentación a Miami, no a Londres.”
Dos horas después, Daniel llamó.
Su tarjeta de crédito había sido rechazada.
Su voz temblaba.
“¿Qué pasó con el dinero?”
—Lo moví —dije.
“¡Ese es nuestro dinero!”
—No —respondí—. Es mi herencia.