Lo que hizo que el complejo de Barrow fuera extraordinario no fue su construcción, sino su reputación.
Josiah Barrow, el patriarca, era conocido en la ciudad como un hombre de convicciones religiosas peculiares e intensas.
En sus escasos viajes para conseguir provisiones, hablaba en tono bíblico sobre la corrupción de la sociedad moderna y el sagrado deber de mantener a la familia alejada de la contaminación mundana.
Los comerciantes y los habitantes del pueblo aprendieron a no hablarle, limitándose a hacer sus negocios y a observarlo mientras cargaba su carro y desaparecía de nuevo en el bosque.
Su esposa había fallecido años antes en circunstancias que nadie recordaba.