Cuando desperté, la habitación estaba vacía. Ni flores. Ni familia. Ni marido. Solo el pitido de las máquinas y un dolor tan agudo que me hizo llorar en silencio.
El doctor Ramírez me dijo que la cirugía había salido bien, pero que la recuperación sería larga. Mi pierna estaba muy dañada, había tenido una hemorragia interna y existía riesgo de infección. Podría necesitar otra cirugía.
—¿Y Mariana? Pregunté, aunque ya lo sabía.
“Conmoción cerebral leve y moretones superficiales. Está estable.”
Cerré los ojos.
“¿Vino Alejandro?”
La enfermera bajó la mirada. El médico fue más sincero.
“No. Ha estado con la señorita Ledesma.”
Me dieron mi teléfono. La pantalla estaba rota, pero aún funcionaba. No había llamadas de Alejandro. En cambio, había cinco mensajes de voz de Doña Teresa.
El primero decía: “Sofía, cuando despiertes, ve a ver a Mariana. La pobre está traumatizada. No le compliques las cosas a Alejandro.”
El segundo decía: “No armes un escándalo porque él firmó primero por Mariana. Sabes que es frágil.”
El tercero era peor.
“Una esposa decente no compite con una mujer enferma. Compórtate.”
Apagué el teléfono y…