—¿Quién eres en realidad?
Él se arrodilló ante ella, tomó sus manos temblorosas y confesó:
—Era médico.
El secreto del mendigo
Años atrás, un incendio había devastado parte de la ciudad. Yusha, un joven médico arrogante, cometió un error en la dosificación de un tinte. No mató a un desconocido; mató a la hija del gobernador.
Su casa se incendió. Lo dieron por muerto. Se convirtió en mendigo para desaparecer.
—Tu padre vino a verme a la mezquita —continuó—. Habló de una chica «inútil», de una «maldición». No me casé contigo por dinero. Me casé contigo porque éramos iguales: dos fantasmas.
Zainab lloró. Pero sus lágrimas no eran de odio.
—Deberías habérmelo dicho —murmuró—.
—Tenía miedo de que me pidieras que te curara. No puedo devolverte la vista, Zainab. Solo puedo darte mi vida.
Ella lo abrazó con fuerza.
La venganza silenciosa
Pasaron los años. La choza se convirtió en una casa de piedra, rodeada de un jardín tan fragante que se podía pasear por él con los ojos cerrados. El «mendigo» cuidaba de los pobres por la noche, gratuitamente.
Una tarde de otoño, un carruaje se detuvo frente a su puerta. Un anciano bajó, encorvado y desamparado.
Era el padre de Zainab.
Sus otras dos hijas lo habían robado. Había venido a mendigar un lugar junto al que había rechazado.
Zainab escuchó sin levantarse.