Una que ya no confundía abandono con destino.
Una que aprendió tarde, pero aprendió, que el cuerpo habla, que los hijos también traicionan y que una madre puede amar sin entregar las llaves de su vida.
Al anochecer, abrió la puerta de su casa.
Las macetas estaban regadas.
La cuna junto a la ventana olía a hierbabuena.
Larisa se sentó frente a ella con una taza caliente entre las manos.
Cada mañana miraba esas plantas crecer en el lugar donde alguna vez puso una esperanza imposible.
Y recordaba la verdad.
Su vientre no escondía un hijo.
Escondía el grito que la salvó.
Desde entonces, cuando alguien tocaba su puerta, Larisa ya no preguntaba si venían por cariño o por interés.
Miraba por la ventana.
Pensaba.
Decidía.
Y abría solo cuando quería.
Porque esa casa seguía siendo suya.
Y ella también.