“Mamá, por favor ven a buscarme… la familia de mi marido me está haciendo daño.”
Esa llamada desesperada hizo que un condecorado coronel mexicano corriera al hospital para proteger a su hija. La poderosa familia Cárdenas creía que su riqueza e influencia los hacían intocables. Lo que no sabían era que habían elegido a la madre equivocada para desafiar.
Salí de la base militar todavía con el uniforme puesto. Mi chaqueta negra de gala estaba impecable, las medallas brillaban bajo las luces y mi placa de identificación reflejaba las calles de la Ciudad de México mientras conducía hacia el Hospital Ángeles Pedregal.
Mi nombre estaba bordado en mi uniforme:
**Coronel Valeria Salazar.**
Entré a la entrada de emergencia como una tormenta.
Una enfermera intentó detenerme.
“Señora, no puede entrar ahí.”
—Mi hija —dije—. ¿Dónde está Camila Salazar?
Algo en mi expresión hizo que se apartara inmediatamente.
Encontré a Camila en una pequeña sala de observación.
Estaba acurrucada bajo una fina manta, temblando.
Tenía un ojo muy amoratado. El labio partido. Los brazos le cubrían de marcas. Su elegante vestido blanco estaba rasgado y manchado.
Mi hermosa hija.
La misma niña pequeña que solía llamarme todas las noches para contarme cómo le había ido el día.
El mismo niño que hacía dibujos para los soldados cada vez que yo regresaba de mi misión.
Ahora apenas podía levantar la cabeza.
“Mamá…”
La abracé.
Todo su cuerpo temblaba.
Entonces oí risas a mis espaldas.
“Qué dramático.”
Me giré lentamente.
En el umbral de la puerta se encontraban su esposo, Alejandro Cárdenas, su madre Teresa y su hermano Ricardo.
Trajes de diseñador.
Relojes de lujo.
Zapatos caros.
Y expresiones llenas de arrogancia.
Teresa llevaba un collar de diamantes y sonreía como si fuera la dueña de la habitación.