El Hotel Royal Monarch resplandecía aquella noche; un lugar donde la energía latente se hace presente, donde se manifiesta. Lámparas de araña de cristal proyectaban luz sobre el mármol pulido, y cada conversación reflejaba ese delicado equilibrio entre ambición y pretensión.
En el centro de todo estaba Adrián.
Seguro de sí mismo. Celebridad. Intocable, al menos en tu mente.
Lucía tuvo éxito como si perteneciera a ese lugar.
Ese no fue el caso.
Pero yo dormí en esa habitación y ya lo sabía de antemano.
Horas antes, estaba en nuestra habitación, mirando lo que se había caído de mi único vestido decente.
Quemado.
Sin piezas rotas. Sin piezas ocultas.
Quemado.
La pantalla estaba cubierta, ennegrecida por los bordes, reducida a algo irreconocible. Y Adrian se había quedado allí, observándome mientras aprendía, como si me estuviera dando una lección que debería haber aprendido hacía mucho tiempo.
—Me avergonzarías en todos los sentidos —dijo, a veces con indiferencia—. Es mejor así.
Hay momentos en que algo dentro de ti no se rompe, sino que simplemente se aleja.
En silencio.
Para siempre.
Ese fue uno de esos momentos.
Al regresar al salón de baile, reí con naturalidad, con el brazo alrededor de otra mujer, como si el espacio al sur siempre hubiera pertenecido a otra persona.
No miró hacia la puerta.
No te preguntes dónde estás.
¿Por qué lo habría hecho?
Para él, yo no iba a ir.
Entonces la música se detiene.
No gradualmente, sino completamente.
Un silencio que hace que la gente se dé la vuelta antes incluso de saber por qué.
Las luces se atenuaron, la luz desapareció por completo, dejando solo un foco fijo en la gran entrada.
Allí la gente se apartó. Susurraban.
Algo importante estaba a punto de suceder.
Cuando se abrieron las puertas, no fue tan dramático como esperábamos.
Estaba controlado.